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El jurado reconoce la trayectoria del artista ferrolano, de 72 años, y su capacidad para transformar escenas cotidianas en composiciones que rozan la abstracción pictórica
13 de octubre de 2026 - "No me veo ni muy fotógrafo, ni muy pintor, ni muy artista, ni muy nada. Estoy entre algo que me entretiene".
Cuando el Ministerio de Cultura preparaba el comunicado para anunciar su elección como ganador del Premio Nacional de Fotografía 2026, Vari Caramés (Ferrol, 1953) bromeó con que podían ahorrarse sus datos de contacto, porque total, tampoco iba a llamarlo nadie. Se equivocaba.
Desde que este mediodía se hizo público el fallo, el teléfono no ha dejado de sonar y el artista atiende a EL MUNDO desde su casa de La Coruña, algo apurado por la "avalancha" de llamadas de periodistas que, al contrario de lo que había pronosticado, ahora se disputan unos minutos de su tiempo.
"No había estado pendiente del premio, como tampoco había pretendido nunca vivir de la fotografía. Pero supongo que lo inesperado siempre está presente y que, a estas alturas de la vida, uno ya debería estar acostumbrado a que le sorprendan", explica el artista, que este viernes cumplirá 73 años y que todavía saca a pasear la Voigtländer manual que su padre le regaló cuando apenas era un adolescente.
Lo imprevisto, precisamente, es también el hilo conductor de su próximo libro, Inesperadas, una recopilación de fotografías inéditas que prepara para publicar entre noviembre y diciembre con el apoyo de la Fundación Marta Ortega Pérez (MOP), con sede en La Coruña. El premio, mientras tanto, ha llegado como una de esas imágenes que uno no esperaba encontrarse. O, como prefiere decir el propio Caramés, como "un regalo de cumpleaños adelantado".
Una particular poética visual
El jurado ha reconocido con 30.000 euros una trayectoria en la que Caramés ha ido construyendo un "universo reconocible" a base de manchas, reflejos y sus característicos desenfoques, con los que transforma escenas cotidianas en composiciones más próximas a la pintura abstracta que a la fotografía convencional. Un reconocimiento que sitúa su nombre junto al de otros galardonados como Laia Abril, Cristóbal Hara, Pilar Aymerich o Carmela García, premiada en la edición anterior.
"Scorsese dijo aquello de que un artista es alguien capaz de hacer que sus obsesiones interesen a los demás, y yo siempre he creído mucho en eso. Por eso me he dejado llevar por mis propias referencias, por ese pequeño universo personal, sin preocuparme demasiado por lo comercial", explica Caramés, que reconoce sentirse más cómodo en los terrenos de la abstracción y encuentra buena parte de sus referentes fuera de la fotografía, especialmente en el cine.
"Me interesan mucho directores como David Lynch o Jim Jarmusch, y también Oliver Laxe, que además de gustarme mucho como cineasta es un gran amigo", confiesa.
Precisamente por esa afinidad con el cine, celebra que cada vez más creadores españoles se atrevan a escapar de las fórmulas tradicionales y a explorar otros lenguajes. Habla de una "nueva escuela" que considera especialmente prometedora, en la que incluye también a Javier Calvo y Javier Ambrossi, cuya última película, La bola negra, califica de "exquisita".
Hacer lo que te gusta
Después de más de cuatro décadas dedicado a la fotografía, Caramés sigue hablando de su oficio con el entusiasmo de quien nunca ha terminado de considerarlo un trabajo. "Somos muchos los que tenemos la suerte de dedicarnos a algo que nos apasiona y, por eso, no lo vivimos como algo tan trabajoso. Evidentemente hay muchísimas horas detrás, pero cuando algo te gusta tanto no lo sientes como una esclavitud. Al contrario, le dedicas todo lo que tienes. Al final es como una droga, aunque una sana", bromea.
Ni siquiera la revolución tecnológica ha conseguido apartarlo de la fotografía analógica. Mientras las cámaras digitales, los programas de edición y, más recientemente, la inteligencia artificial han transformado las posibilidades de la creación visual, él continúa fiel a los carretes con los que aprendió a mirar el mundo. Primero porque eran "lo único que había" cuando empezó y después porque nunca ha sentido la necesidad de sustituirlos.
"Te confieso que no tengo ni una sola cámara digital", cuenta. Y tampoco parece tener intención de comprarse una. Mientras sigan fabricándose rollos de película, asegura, seguirá utilizándolos.
El truco del IAT
A los jóvenes que empiezan en la fotografía y se preguntan si podrán ganarse la vida con ella, Caramés suele transmitirles una pequeña receta que, según dice, es prácticamente lo único que puede ofrecerles después de tantos años de experiencia.
La ha reducido a tres letras: IAT, que en su particular vocabulario significan "intención, atención y ternura". "La intención es fundamental para saber qué quieres hacer y darle un sentido a tu proyecto. Después viene la atención, que consiste en dedicarle tiempo, cuidarlo, mimarlo y apasionarte con él. Y, por último, la ternura, que es aprender a querer aquello que estás creando", explica.
Una fórmula que considera especialmente necesaria en una época en la que las imágenes se multiplican hasta resultar agotadoras. "Vivimos en un mundo demasiado sobreexcitado visualmente, sometidos a tantos estímulos y a una sobreexposición de imágenes que a veces resulta difícil que una fotografía consiga emocionarte, provocarte o incluso obsesionarte", reflexiona.
De ahí que insista en la importancia de detenerse, prestar atención y establecer una relación personal con lo que se pretende fotografiar. Aunque tampoco quiere vender su receta como una fórmula infalible. A las tres letras, advierte, todavía habría que añadirles otro ingrediente bastante menos misterioso. "Luego, trabajo, trabajo y trabajo. Claro".
Y ahora que el premio ha llegado sin buscarlo, tampoco parece dispuesto a cambiar demasiado sus planes. "No creo que estas cosas lleguen porque uno las espere. A veces es el azar, las circunstancias... No lo sé. Pero estoy feliz, claro, y pienso disfrutarlo", reconoce, antes de recordar que hay muchos fotógrafos y fotógrafas extraordinarios en España que también merecerían el reconocimiento.
"Si no me lo hubieran dado nunca, habría sido igualmente feliz, porque yo ya tengo el premio de poder dedicarme a mi pasión por la fotografía", asegura. Una pasión que sigue estrechamente vinculada a Galicia, a sus paisajes y a esa atmósfera tantas veces nebulosa que ha contribuido a definir su manera de mirar.
11 Octubre 2026 - Este fin de semana - puente de octubre, he tenido la oportunidad de visitar el mercado medieval que ha estado cinco dias en La Pobla de Vallbona, que nos ha brindado a todos la oportunidad de jugar, divertirnos, comer, y ver espectáculos propios de la edad media. Sabores, juegos, y modos de vida de antaño recreados en la actualidad, con el consiguiente nicho de fotografías curiosas. Os propongo estas pocas, extraidas de entre otras muchas.
8 de octubre de 2026.
Aún me cuesta asimilar lo vivido en las últimas horas. Si hace unos meses alguien me hubiera dicho que aquellas capturas nacidas de la intuición, de la luz cambiante y del amor por nuestra tierra acabarían vistiendo las paredes de una sala de exposiciones, no lo habría creído. Ayer se inauguró oficialmente 'Paisatges Mediterranis', la muestra que da vida y cobijo al proyecto con el que tuve el inmenso honor de recibir el primer premio de fotografía convocado por la Universitat de València. Ver mi trabajo impreso, iluminado y compartido con el mundo en un espacio con tanta historia es una sensación que difícilmente podré olvidar.
La mañana comenzó con ese nudo en el estómago tan propio de los momentos que marcan un antes y un después. Al cruzar la puerta y contemplar la disposición de las imágenes, entendí el verdadero peso de este reconocimiento. El paso de un formato digital o de un negativo íntimo al espacio expositivo transforma por completo la narrativa visual. El juego de luces, las texturas salinas, el blanco y negro elegido para evocar la atemporalidad de nuestras costas y la identidad compartida de los pueblos que habitan este mar cobraron una dimensión completamente nueva frente a los ojos de los asistentes.
Este logro, sin embargo, no me pertenece en solitario. Una exposición es el resultado de un viaje colectivo y, por ello, el sentimiento que más me embargó durante toda la inauguración fue la gratitud.
En primer lugar, quiero expresar mi más sincero agradecimiento a la Universitat de València por creer en la cultura, en las miradas jóvenes y no tanto, y en el poder de la fotografía como un puente para conectar realidades y memorias. Este premio no es solo un respaldo a mi técnica o a mi sensibilidad, sino un altavoz institucional inestimable que dignifica el trabajo de los creadores y nos permite mostrar nuestra visión en un marco inmejorable. Gracias a todo el equipo de producción, comisariado y montaje que ha cuidado cada detalle para que las imágenes hablen por sí solas.
También fue un gran momento para mirar a los ojos a quienes siempre están ahí. Ver las salas llenas de amigos y amigas, algunos de los cuales han compartido conmigo jornadas enteras cargando trípodes o esperando la hora dorada bajo el sol, fue el mejor de los regalos. Vuestra presencia, vuestras palabras de aliento y ese entusiasmo sincero son el motor que me impulsa a seguir creando cuando las dudas acechan.
A mi familia, el pilar sobre el que se asienta todo lo que soy. Gracias por vuestra paciencia infinita, por comprender mis ausencias creativas y por celebrar este paso adelante como si fuera vuestro. Sin vuestro apoyo incondicional y vuestra fe en mi camino, estas fotografías jamás habrían llegado a existir.
Por último, y de una manera muy especial, quiero dar las gracias a las verdaderas almas de esta exposición: las personas que salen en las fotos. A quienes me regalaron un instante de su vida, su complicidad ante la lente o un pedazo de su cotidianidad junto al mar. No son meros sujetos de una imagen; son los auténticos narradores de estos paisajes. Su generosidad al dejarlos capturar ha hecho posible que este proyecto tenga alma, memoria y verdad.
'Paisatges Mediterranis' ya no es solo mía; ahora pertenece a cada persona que se detenga frente a un cuadro a buscar el reflejo de su propia historia en este mar que nos une. Gracias a todos por acompañarme en el inicio de este viaje visual.
Muchas gracias.
Dentro de unos días Esther y yo, nos vamos de viaje por Alsacia. Pueblos con casas de colores, calles estrechas, viñedos, mercados, iglesias, paisajes… vamos, uno de esos sitios en los que un fotógrafo puede acabar disparando fotos desde que sale del alojamiento hasta que vuelve por la noche. Y, precisamente por eso, he tomado una decisión que hace unos años me habría costado bastante: solo voy a llevar una cámara, mi Leica D-Lux 8.
Nada de mochila cargada con varios cuerpos, objetivos, baterías para todo el mundo y accesorios que, muchas veces, terminan viajando más que utilizándose. Solo una cámara pequeña, ligera y discreta, dispuesta a acompañarme durante todo el viaje. La mejor cámara de viaje es la que llevas contigo. Cuando viajamos, especialmente si queremos disfrutar del destino además de fotografiarlo, el peso y el volumen del equipo terminan teniendo mucha importancia.
Una cámara grande, varios objetivos y una mochila llena de accesorios pueden ofrecernos muchas posibilidades, claro. Pero también pueden acabar convirtiéndose en una pequeña carga. Hay momentos en los que simplemente no apetece sacar la mochila, cambiar un objetivo o preparar todo el equipo para hacer una fotografía. Y ahí es donde una cámara como la Leica D-Lux 8 tiene, para mí, todo el sentido.
Cabe fácilmente en una bolsa pequeña, no pesa demasiado y puede acompañarte prácticamente durante todo el día. Eso significa algo muy sencillo: la cámara está contigo cuando aparece la fotografía. Porque muchas veces las mejores imágenes de un viaje no están previstas. Están en una esquina a primera hora de la mañana, en una terraza mientras tomas un café, en una calle vacía antes de que lleguen los turistas o en una luz especial que aparece durante apenas unos minutos. Si la cámara está guardada porque pesa demasiado o porque da pereza sacarla, probablemente esa fotografía se pierda.
Otra de las razones por las que hemos decidido viajar Esther y yo solo con la D-Lux 8 es precisamente su sencillez. Aunque si soy sincero, ella llevará una Insta 360 Ace Pro 2, muy chiquitina también. Cuando llevas varios objetivos, empiezan las dudas. ¿Monto el angular? ¿Me llevo el teleobjetivo? ¿Cambio ahora? ¿Y si necesito el otro? Al final, puedes terminar pensando más en el equipo que en la fotografía.
La Leica D-Lux 8 simplifica mucho las cosas. Su zoom ofrece una focal equivalente aproximada de 24 a 75 mm, un rango especialmente útil para viajar. Tenemos angular para arquitectura, calles y paisajes; focales intermedias para escenas cotidianas; y un pequeño teleobjetivo para acercarnos un poco más cuando lo necesitamos. No es un equipo pensado para cubrir absolutamente todas las situaciones imaginables. Y quizá esa sea precisamente una de sus virtudes. Te obliga a mirar de otra manera. A acercarte cuando hace falta, a moverte, a buscar otro punto de vista y a construir la fotografía con lo que tienes delante. En lugar de preguntarme qué objetivo necesito, quiero preguntarme simplemente: ¿qué quiero fotografiar?
La Leica D-Lux 8 puede parecer una cámara sencilla por su tamaño, pero detrás hay una herramienta perfectamente capaz de ofrecer una gran calidad de imagen. Su sensor de gran tamaño para una cámara compacta (Micro 4:3), combinado con un objetivo luminoso Leica (f:1,7), permite trabajar con bastante comodidad en situaciones muy diferentes. Desde las calles soleadas de un pueblo alsaciano hasta una cafetería con poca luz o una escena nocturna al final del día. Y luego está ese pequeño detalle que, para mí, también cuenta mucho: disfrutar utilizando la cámara.
La D-Lux 8 tiene controles directos, una forma de trabajar muy fotográfica y una filosofía bastante sencilla. Apertura, velocidad, exposición… lo importante está ahí, al alcance de la mano. No hace falta navegar constantemente por interminables menús para hacer una fotografía. Y eso, cuando estás viajando, se agradece.
También hay algo que me gusta especialmente de las cámaras pequeñas: son discretas. Cuando viajas con una cámara grande, en determinadas situaciones puedes sentir que estás anunciando constantemente que eres «el fotógrafo». Una cámara más compacta permite integrarse mejor en el entorno. Puedes caminar tranquilamente por una calle, observar una escena y levantar la cámara cuando llega el momento. Sin montar un pequeño espectáculo. Para fotografía de calle, escenas cotidianas, mercados o simplemente para captar la vida que sucede alrededor, esa discreción puede ser una ventaja importante. Y Alsacia, con sus pueblos llenos de rincones, gente, bicicletas, terrazas y vida en las calles, me parece un lugar perfecto para disfrutar de esa forma de fotografiar.
Creo que, en ocasiones, la gente que amamis la fotografía tenemos una extraña tendencia a convertir cualquier viaje en una expedición fotográfica. Y no digo que eso sea malo. Hay viajes que se hacen precisamente para fotografiar. Pero también me gusta viajar, caminar, sentarme en una terraza, descubrir lugares sin tener que pensar constantemente en el próximo objetivo o en qué parte del equipo debería sacar de la mochila. Por eso, en este viaje, quiero que la cámara sea una compañera, no el centro de todo. La Leica D-Lux 8 irá conmigo. Preparada para fotografiar cuando aparezca una escena interesante, pero sin ocupar demasiado espacio, sin pesar demasiado y sin obligarme a organizar el viaje alrededor del equipo. Quiero disfrutar de Alsacia y, al mismo tiempo, llevarme mis propias fotografías. No necesariamente las más espectaculares. No busco volver con miles de imágenes.
Nos conformamos con regresar con unas cuantas fotografías que, cuando las veamos dentro de unos años, sean capaces de llevarme otra vez allí. A aquella calle. A aquella luz. A aquel momento. Quizá viajar ligero sea una forma de fotografiar mejor. No sé cuántas fotografías haré durante este viaje. Tampoco sé si echaré de menos alguna otra cámara o algún objetivo más largo. Probablemente habrá alguna situación en la que piense: «Aquí me vendría bien otra focal». Pero también sé algo. No tendré que cargar con una mochila enorme durante todo el día. No perderé tiempo cambiando objetivos. Y tendré una cámara conmigo prácticamente en cualquier momento.
Al final, la Leica D-Lux 8 será prácticamente nuestra única cámara durante este viaje por Alsacia. Una cámara pequeña, ligera y sencilla, pero con la suficiente calidad y versatilidad para afrontar casi cualquier situación que pueda encontrarme. Y quizá ahí esté una de las claves de la fotografía de viaje. No se trata siempre de llevar el equipo más completo. A veces se trata simplemente de llevar el equipo que te permite estar allí, mirar con calma y hacer la fotografía cuando el momento aparece. Esta vez, para mí, ese equipo cabe en una pequeña cámara. Y se llama Leica D-Lux 8. En cierto modo, podría decirse que siento adoración por esta cámara tan versátil. Así que.... ¡nos vamos de viaje!
Lo primero que me llamó la atención es cómo están colocados los tres gatos en diferentes alturas. Sin darte cuenta, la mirada hace un recorrido en zigzag muy fluido: empieza abajo con el gato que se esconde bajo la mesa, sube al que está sentado de perfil y termina en el de arriba del todo. Esa colocación transforma una escena sencilla en un juego visual muy entretenido.
He usado el blanco y negro y creo que ha sido un acierto. Al quitar el color, se potencian muchísimo las texturas de la piedra de la pared y las vetas de la madera vieja de las estanterías. Además, el pelo blanco de los gatos resalta con fuerza sobre el fondo oscuro, lo que hace que los localices al instante. A mí esta imagen me transmite una sensación de tranquilidad y cierta melancolía, como si fuera un rincón abandonado o una cafetería cerrada, lo que invita a quedarse mirándola un rato imaginando la historia del lugar.
Por ponerme mis "peros", en el encuadre por el lado izquierdo corté el estante de madera de forma un poco brusca; quizás haber abierto un pelín más el plano habría cerrado mejor la estructura.
En la parte inferior pasa algo parecido: la pata de la mesa de mármol está demasiado pegada al borde, y un par de centímetros más de suelo le habrían dado más aire y estabilidad.
También debería revisar el procesado en la zona derecha, ya que las sombras quedan un poco oscuras y se pierde el detalle de la piedra en esa esquina.
Aun así, creo que la foto tiene fuerza, cuenta una historia y no es nada mala composición para una foto de paseo.
Cuando salgo de viaje con mi Leica D-Lux 8 intento llevar el equipo lo más ligero posible. Por eso me ha parecido especialmente práctica esta pequeña batería externa, que ocupa muy poco espacio y permite tener una fuente de energía siempre a mano.
Lo que más me gusta es que puedo llevarla dentro de la propia funda de la cámara mientras se está cargando. Basta con conectar la Leica mediante USB-C y la batería cabe perfectamente junto al equipo, sin necesidad de buscar un enchufe o montar un pequeño «campamento base» cada vez que necesito recargarla.
En un viaje, una excursión o simplemente durante una jornada larga haciendo fotografías, resulta muy cómoda. Puedes dejar la cámara cargando mientras te desplazas, haces una parada o incluso mientras llevas la funda colgada o guardada en la mochila.
No sustituye a llevar una batería de repuesto —yo sigo pensando que una segunda batería es una buena compañera de viaje—, pero como solución para mantener la Leica D-Lux 8 cargada cuando estamos fuera de casa me parece un accesorio sencillo, económico y tremendamente útil.
De esos pequeños gadgets que, sin hacer mucho ruido, terminan convirtiéndose en imprescindibles en la bolsa de fotografía.