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Hay momentos que ocurren tan rápido que nuestros ojos apenas son capaces de percibirlos. Un globo de agua que explota, una fruta cayendo dentro de un vaso, una gota que rebota sobre la superficie del agua o el instante exacto en que un objeto se rompe.
Para nosotros todo sucede en una fracción de segundo. Sin embargo, con la técnica adecuada y un poco de paciencia, la cámara puede congelar ese instante y mostrarnos detalles que normalmente pasarían completamente desapercibidos.
Y ahí está, precisamente, la magia de la fotografía de alta velocidad: detener el tiempo para descubrir lo que nuestros ojos no pueden ver.
Dependiendo de dónde estés fotografiando y de la luz disponible, hay dos maneras principales de conseguirlo. Si estás trabajando en exteriores o dispones de mucha luz, la solución más sencilla es utilizar una velocidad de obturación muy alta. Podemos hablar de 1/2000 s, 1/4000 s o incluso velocidades superiores, dependiendo de lo que permita nuestra cámara y de la cantidad de luz disponible. Este sistema funciona especialmente bien para fotografía deportiva, fauna, aves en vuelo o cualquier situación en la que queramos detener un movimiento rápido. También podemos utilizarlo para fotografiar salpicaduras de agua al aire libre. Eso sí, cuanto más rápida sea la velocidad de obturación, menos luz llegará al sensor, así que tendremos que compensarlo utilizando un diafragma más abierto, aumentando el ISO o, simplemente, buscando más luz.
Cuando trabajamos en interiores, la cosa cambia. Normalmente no disponemos de suficiente luz para utilizar velocidades extremadamente rápidas, pero tenemos otra herramienta a nuestra disposición: el flash. Aquí está uno de los pequeños trucos de la fotografía de alta velocidad. Cuando utilizamos un flash a baja potencia, la duración del destello puede ser extraordinariamente corta, llegando en algunos casos a durar alrededor de 1/10.000 de segundo o incluso menos.
Y ese breve destello es el que realmente congela la acción.
Por eso podemos fotografiar la explosión de un globo, una salpicadura o el momento en que un objeto se rompe utilizando una velocidad de sincronización relativamente normal, como 1/200 s. Si la habitación está suficientemente oscura, será la luz del flash la que dibuje la imagen y detenga el movimiento.
La buena noticia es que no hace falta montar un laboratorio de la NASA para experimentar con esta técnica.
Lo básico sería disponer de:
Una cámara que permita trabajar en modo manual.
Un flash, si vas a realizar las fotografías en interiores.
Un trípode, que te ayudará a mantener el encuadre siempre en el mismo sitio.
Un disparador remoto, aunque también puedes utilizar el temporizador de la cámara.
Y, por supuesto, algo con lo que experimentar: globos de agua, fruta, cubitos de hielo, vasos, gotas, líquidos...
Si quieres dar un paso más allá, existen disparadores por sonido, movimiento o láser que permiten sincronizar automáticamente la cámara o el flash con el momento exacto en que sucede la acción. Pero para empezar, no son imprescindibles.
Si estás trabajando en exteriores y dispones de abundante luz, puedes empezar probando con estos valores:
Velocidad: 1/2000 s o superior.
Diafragma: entre f/4 y f/8.
ISO: lo más bajo posible, siempre que tengas suficiente luz.
Si vas a trabajar en interiores utilizando flash, el planteamiento será diferente:
Velocidad: alrededor de 1/200 s, dependiendo de la velocidad de sincronización de tu cámara.
Diafragma: entre f/8 y f/16.
ISO: entre 100 y 400.
Potencia del flash: lo más baja posible, por ejemplo 1/16, 1/32 o incluso menos.
La razón es sencilla: normalmente, cuanto menor es la potencia utilizada, más corto es el destello del flash y, por tanto, mejor podremos congelar el movimiento.
Lo primero es preparar la escena. Coloca la cámara sobre el trípode y encuadra cuidadosamente todo lo que vaya a suceder.
Después, enfoca manualmente en el punto exacto donde se producirá la acción. Esto es importante porque el autofoco difícilmente será capaz de reaccionar con suficiente rapidez ante algo que sucede en una fracción de segundo.
Si estás trabajando con flash en interiores, intenta reducir al máximo la luz ambiental. Lo ideal es que la exposición dependa principalmente de la luz del flash. De esta forma evitarás que la iluminación ambiente produzca rastros o movimiento en la imagen.
A partir de ahí llega la parte divertida.
Haz explotar el globo, deja caer la fruta, lanza el cubito de hielo o provoca la salpicadura. Y dispara.
El problema, claro, es acertar en el momento exacto.
Puedes ayudarte de disparadores especiales, pero también puedes hacerlo de forma manual. En este tipo de fotografía hay una combinación bastante importante de técnica, repetición y, para qué vamos a engañarnos, una pequeña dosis de suerte.
Por eso conviene disparar muchas veces. No esperes conseguir la fotografía perfecta a la primera. A veces necesitarás diez intentos y otras quizá treinta o cincuenta.
Pero cuando finalmente aparece esa imagen en la pantalla y ves un instante que ni siquiera habías sido capaz de apreciar con tus propios ojos, entiendes perfectamente por qué merece la pena seguir intentándolo.
Las posibilidades son prácticamente infinitas, pero hay algunos clásicos con los que puedes empezar:
Hacer explotar un globo de agua e intentar capturar el agua suspendida en el aire mientras los restos del globo salen despedidos.
Dejar caer una fruta dentro de un recipiente transparente lleno de agua.
Fotografiar cubitos de hielo provocando salpicaduras.
Capturar gotas de agua en el instante exacto en que impactan sobre una superficie.
Romper algún objeto y fotografiar el momento de la explosión. Aquí, eso sí, conviene protegerse adecuadamente y tener cuidado con los fragmentos.
Lanzar polvo de colores al aire para crear imágenes abstractas y llenas de movimiento.
La fotografía de alta velocidad es una de esas disciplinas que invitan a jugar y experimentar. No hace falta tenerlo todo perfectamente calculado desde el principio. De hecho, muchas veces son precisamente los errores, las salpicaduras inesperadas y los resultados que no habíamos imaginado los que terminan convirtiéndose en las fotografías más interesantes.
Así que prepara la cámara, protege la zona donde vayas a trabajar y empieza a hacer pruebas. Probablemente mojarás el suelo, romperás algún que otro globo y tendrás más fotografías fallidas que buenas.
Pero tranquilo.
Eso también forma parte de la diversión.
25 de agosto de 2026 - En una época en la que cualquier persona lleva en el bolsillo una cámara capaz de realizar miles de fotografías, procesarlas automáticamente y compartirlas en cuestión de segundos con el resto del mundo, podría parecer imposible imaginar un regreso a tecnologías que muchos consideraban superadas. Sin embargo, algo está ocurriendo. Cada vez resulta más frecuente ver a jóvenes utilizando cámaras de carrete, comprando película fotográfica, aprendiendo técnicas de revelado o esperando con impaciencia el resultado de unas imágenes que no podrán ver hasta días después de haber pulsado el disparador.
La pregunta es inevitable: ¿por qué una generación nacida en plena era digital siente fascinación por la fotografía fotoquímica?
Durante años, la evolución tecnológica ha perseguido un objetivo claro: hacer la fotografía más rápida, más sencilla y más accesible. El resultado ha sido extraordinario. Nunca antes se habían realizado tantas fotografías ni tantas personas habían tenido acceso a herramientas capaces de producir imágenes de gran calidad.
Paradójicamente, esa misma abundancia parece haber generado un cierto cansancio.
Miles de imágenes idénticas, disparadas en ráfaga, corregidas automáticamente por inteligencia artificial y consumidas durante apenas unos segundos en redes sociales han transformado la fotografía en una experiencia instantánea y, en ocasiones, efímera.
La fotografía fotoquímica propone justamente lo contrario.
Cada disparo tiene un coste. Cada fotograma es limitado. Cada error importa. Cada acierto se celebra.
Frente a la inmediatez digital, ofrece pausa.
Frente a la abundancia, propone escasez.
Frente a la velocidad, invita a la reflexión.
Muchos jóvenes descubren, quizá por primera vez, una forma de fotografiar en la que el acto creativo sucede antes de pulsar el obturador y no después.
Con un carrete de 24 o 36 exposiciones desaparece la tentación de disparar cien veces para escoger una fotografía al regresar a casa. Hay que observar, medir la luz, decidir el encuadre y asumir la responsabilidad de la imagen.
No se trata de una limitación técnica. Se trata de una actitud.
La fotografía fotoquímica obliga a desarrollar una disciplina visual que muchos consideran cada vez más escasa en el actual ecosistema digital.
Otro de los elementos que seduce especialmente a las nuevas generaciones es la imperfección.
Durante décadas la industria ha perseguido la máxima nitidez, la ausencia de grano, la corrección absoluta del color y la perfección técnica. Sin embargo, muchos jóvenes parecen valorar precisamente aquello que anteriormente se consideraba un defecto. El grano de la película, las pequeñas desviaciones cromáticas, los reflejos inesperados, las fugas de luz o incluso ciertos errores de exposición aportan una sensación de autenticidad difícil de reproducir artificialmente. No deja de resultar curioso que, mientras las aplicaciones digitales incorporan filtros para imitar el aspecto de la película fotográfica, muchos aficionados estén regresando directamente al proceso original.
Existe otro fenómeno igualmente interesante.
Buena parte de quienes se acercan hoy a la fotografía fotoquímica no sienten nostalgia porque, sencillamente, nunca vivieron aquella época. No recuerdan las cámaras mecánicas de sus padres ni los álbumes familiares construidos a partir de copias en papel. Han crecido rodeados de pantallas. Precisamente por ello, la experiencia fotoquímica les resulta novedosa. Para una generación acostumbrada a la inmediatez digital, la espera del revelado se convierte en una experiencia casi exótica. Lo que para sus abuelos era una necesidad tecnológica, para ellos es una elección consciente.
Tal vez este fenómeno trascienda incluso el ámbito fotográfico.
El regreso del vinilo, la recuperación de los libros impresos, el auge de los cuadernos de papel o el interés por procesos artesanales parecen formar parte de una misma corriente cultural. Una reacción frente a una sociedad cada vez más acelerada, hiperconectada y digitalizada. La fotografía fotoquímica encaja perfectamente en esta tendencia. No porque sea mejor que la fotografía digital.No porque produzca imágenes necesariamente superiores. Sino porque ofrece una forma diferente de relacionarse con el tiempo, con la memoria y con el propio acto de crear.
Quizá el error sea plantear esta cuestión como una confrontación.
La fotografía digital ha democratizado la imagen como nunca antes en la historia. Ha reducido costes, ha eliminado barreras técnicas y ha permitido que millones de personas descubran la fotografía. La fotografía fotoquímica, por su parte, sigue ofreciendo una experiencia única, pausada y profundamente vinculada al proceso físico de creación de la imagen. Ambas conviven hoy con absoluta normalidad. Muchos jóvenes utilizan cámaras digitales durante la semana y reservan sus cámaras fotoquímicas para proyectos personales, viajes o trabajos más reflexivos. No parece una sustitución, sino una ampliación de posibilidades.
Quizá la cuestión de fondo no sea si la fotografía fotoquímica ha regresado para quedarse. La verdadera pregunta podría ser otra:
¿Estamos asistiendo a un redescubrimiento de una técnica histórica o a una respuesta generacional frente a la saturación visual que domina nuestro tiempo? Y tú, ¿qué opinas? ¿La creciente atracción de los jóvenes por la fotografía fotoquímica responde a una búsqueda de autenticidad y reflexión, o se trata simplemente de una tendencia pasajera impulsada por las modas y las redes sociales? La fotografía siempre ha sido mucho más que una cuestión de tecnología. Es, sobre todo, una manera de mirar el mundo.
Capture One Mobile 4.0 ya está disponible e incorpora algunas de las herramientas de edición de la aplicación de escritorio al iPhone y al iPad. Capture One lanzó su aplicación móvil por primera vez en 2022 y desde entonces ha ido incorporando nuevas funciones, como el tethering y muchos de los controles de edición habituales. La versión 4.0 añade cuatro herramientas más que los usuarios llevaban tiempo solicitando: Reducción de ruido mejorada (Enhanced Denoise), Balance de color (Colour Balance), Corregir/Clonar (Heal/Clone) y Palabras clave (Keywords). Según Capture One, la herramienta de corrección era, de hecho, la función más solicitada para la aplicación móvil, seguida de cerca por la reducción de ruido mejorada.
Las nuevas herramientas cubren algunas carencias bastante evidentes del flujo de trabajo móvil. Enhanced Denoise permite eliminar el ruido de las fotografías tomadas con valores ISO elevados directamente desde un iPhone o iPad, mientras que Colour Balance ofrece un control independiente del color en las altas luces, los tonos medios y las sombras.
Heal/Clone permite eliminar objetos que distraen o copiar una parte de una fotografía sobre otra, una herramienta que resulta especialmente útil tener, por fin, en la versión móvil. Keywords, por su parte, está orientada a la organización y permite etiquetar y clasificar las fotografías sin tener que esperar a volver al ordenador. Capture One afirma que no pretende necesariamente que sus aplicaciones móvil y de escritorio sean idénticas. Su objetivo es trasladar a los dispositivos móviles aquellas herramientas que realmente tienen sentido en una pantalla más pequeña, especialmente para fotógrafos que editan sobre el terreno o mientras viajan, cuando no siempre resulta práctico sacar un portátil.
La aplicación móvil también mantiene funciones como el tethering inalámbrico de segunda generación con determinadas cámaras Canon compatibles y la integración con Capture One Live.
Capture One Mobile 4.0 ya está disponible para iPhone y iPad. Después del periodo de prueba de siete días es necesaria una suscripción de pago a Capture One.
Valencia, 25 de mayo de 2026 – La Universitat de València ha hecho pública la resolución por la cual se concede el I Premio de Fotografía Universitat de València – Punctum a Juan Pérez García. Este galardón, convocado por el Vicerrectorado de Cultura, Deportes y Vínculo Social, reconoce la excelencia técnica y artística. El proyecto que comprende 30 fotografías presentadas y ha sido premiado, destaca por su adecuación a la temática de esta primera edición: “Países Mediterráneos”.
La obra de Juan Pérez, explora el Mediterráneo como un territorio complejo, capturando a través de sus imágenes la diversidad, la historia compartida y las realidades contemporáneas de un espacio donde las aguas, además de separar, actúan como nexo de unión entre pueblos y culturas. Un reconocimiento a la mirada contemporánea sobre el Mediterráneo. El jurado, compuesto por expertos del Servicio de Cultura Universitaria, la Colección Martínez Guerricabeitia y el Festival Internacional de Fotografía y Debate ValenciaPhoto, ha valorado criterios como la calidad técnica, la creatividad, la estética y la coherencia entre eltexto explicativo y las imágenes presentadas.
Como parte del premio, el trabajo de Juan Pérez tendrá la oportunidad de ser exhibido en los espacios de la Universitat de València o dentro de la programación del prestigioso festival ValenciaPhoto 2026.
El Servicio de Cultura Universitario se encargará de la producción de las obras, asegurando que la propuesta artística llegue al público con la máxima calidad.
Un viaje íntimo por la “España Oculta”
Hay exposiciones que, antes de verlas, ya te hacen temblar el corazón. En “Cristina García Rodero. España Oculta”, que ahora mismo puedes visitar en el IVAM Centre Julio González de Valencia, esto ocurre de verdad: no es solo mirar fotografías, es como hacer un viaje por el corazón de la gente y de nuestra memoria colectiva.
Cuando entras en la Galería 5 del museo, sientes la energía —o quizá el alma— de un país lleno de ritmos, tradiciones, rituales, fiestas y silencios que, a lo largo de casi dos décadas, Cristina García Rodero ha sabido atrapar con su cámara. Y no es casualidad: comenzó este proyecto tan personal en el año 1973 gracias a una beca de la Fundación Juan March, que le permitió comprar su primera cámara y ponerse en camino por toda España.
La muestra reúne cerca de 157 imágenes —desde procesiones religiosas a romerías, desde carnavales a funerales, desde miradas orgullosas a gestos cotidianos llenos de poesía— y nos habla de una España que no aparece en los libros de historia oficiales pero que, cuando la ves así, parece todo el paisaje de aquello de lo que estamos hechos.
Lo que más me impresionó de este conjunto es cómo cada una de las fotografías tiene una fuerza humana brutal. No son retratos fríos ni imágenes de postal: son momentos de plenitud, emoción, intensidad y revelación personal. Rodero no se limita a ponerse delante de la gente: se mezcla con ellos, camina entre la multitud, se sienta en las plazas de los pueblos, pregunta, conversa, espera. Y eso se nota en cada gesto, en cada mirada capturada.
Una foto de una mujer con el pañuelo negro en la cabeza puede hacerte pensar en tu abuela. Un niño jugando junto a un pendón puede recordarte aquellas tardes de verano en las que el tiempo se detenía. Y un hombre con el traje de domingo puede hacerte sonreír, porque reconoces la dignidad que tantas veces se esconde detrás de la estridencia del día a día. Eso es lo que hace mágica la obra de Rodero: eres tú quien completa la imagen con tu propia experiencia.
También es fascinante pensar en cómo estas fotos, que se hicieron en los años 70 y 80, han recuperado tanto sentido hoy. A veces tendemos a asociar la modernidad con movimientos urbanos, discotecas y conciertos multitudinarios. Pero, como nos muestra esta exposición, la modernidad también camina por las calles de los pueblos, se mancha de barro en las procesiones y baila al compás de los tambores. Es una modernidad lenta y visceral, pero tan viva como cualquier otra.
Para mí, visitar esta exposición ha sido como escuchar historias que no necesitan que nadie me cuente, porque ya me las cuenta cada imagen. Hay fotos que te susurran, otras que te gritan, y unas cuantas que te miran fijamente como si te preguntaran: ¿Y tú, qué estabas haciendo en aquel momento de tu vida? Y esto, en un museo, no siempre ocurre.
Si tienes ganas de moverte por una España hecha de caracteres, costumbres, emociones y paisajes humanos, esta exposición es una cita imprescindible. Y aunque pase el tiempo y esta muestra desaparezca del calendario habitual de los museos, las imágenes de Cristina García Rodero permanecen en la retina como un recuerdo íntimo que no se marcha.
Si hay una fotógrafa que me ha hecho replantearme qué significa realmente “documentar” la vida, esa es Nan Goldin. Cuando ves sus fotos no tienes la sensación de estar ante un trabajo preparado, cuidado y pensado para gustar. Todo lo contrario: son crudas, inmediatas, como si estuvieras mirando directamente dentro de su vida y la de quienes la rodeaban.
Su proyecto más conocido, The Ballad of Sexual Dependency, es prácticamente un diario visual. Drogas, sexo, amigos, amores, dolor, ternura… todo cabe. A mí me impresiona porque no juzga, no maquilla nada, no intenta hacer “bonitas” las cosas que son duras. Simplemente muestra, y eso es lo que le da una autenticidad brutal.
He de decir que cuando vi por primera vez algunas de sus fotos me sentí casi incómodo, como si estuviera espiando momentos demasiado íntimos. Pero después entiendes que esa es la fuerza de Goldin: rompe la distancia entre la cámara y la vida. No hay ninguna “pose”, todo es tan real que te desarma.
Otra cosa que admiro mucho de ella es su coherencia vital. No solo fotografía la marginalidad o el sufrimiento desde fuera, sino que habla de su propia experiencia: la violencia de género que sufrió, su adicción a la heroína, la pérdida de amigos por el sida… Todo eso lo convierte en arte, pero sin perder la conexión con la realidad. Es como si su obra fuera una confesión continua.
En los últimos años también se ha implicado mucho en el activismo, especialmente contra la familia Sackler,
vinculada a la crisis de los opioides en Estados Unidos. Y esto me parece admirable: una fotógrafa que no se conforma con exponer su vida, sino que también utiliza su voz y su prestigio para denunciar injusticias.
A mí personalmente, Nan Goldin me ha hecho entender que la fotografía no tiene que ser siempre “bonita” ni “perfecta”. Puede ser sucia, dolorosa, incluso incómoda. Pero si es honesta, llega mucho más lejos que cualquier imagen estéticamente impecable. Y en eso, Goldin es una de las grandes maestras de nuestro tiempo.
Muestra